Hacer conciencia del paso del tiempo en tu vida y de que has sido parte de hechos constitutivos de la historia, es Interesante. Hablando solo de nuestro país, la gran mayoría hoy podemos decir, por ejemplo, que vivimos el despertar de octubre, la revuelta del 2019. Como se nos abrió el futuro en esas marchas multitudinarias, nada ni nadie nos paraba. Las marchas de las mujeres, Las Tesis… ¡nos sentíamos invencibles! Recuperamos las calles, la esperanza y la aspiración profunda de una vida digna. Sacamos a la calle nuestras emociones, nuestras ideas, ideales y las compartimos en un todo social. “No era depresión era capitalismo” frase que nos sintetizó una nueva mirada, en donde ya el problema individual no era personal, sino que podíamos ver con claridad la relación de “mi” experiencia personal con la estructura de un tipo de sociedad, de un tipo de valores, en donde todo se prioriza por sobre lo humano.” Hasta que la dignidad se haga costumbre”, “Asamblea Constituyente”, y tantos más. Y luego los acuerdos de las cúpulas, los intentos de reestructuración de la elite política, la defensa de un status quo y, por si fuera poco, la oscuridad de una pandemia planetaria. Cuantas veces la historia humana nos pone frente a la decisión de mantener la esperanza o perderla y entregarnos a la densa visión del “nopuedismo”, visión en que entregamos “lo último que se pierde”: La esperanza. Y como es lo último, al entregarla ya no nos queda más que la oscuridad y el desencanto. ¿Cómo tocamos día a día la nota esperanzadora? ¿Cómo abrimos el futuro en una época donde está de moda el vivir el presente como único tiempo real? La temporalidad y la historicidad es de los grandes atributos de lo humano, la capacidad de proyectar el futuro, de construir el futuro, de transformar la imagen de futuro. Y también de vivir con la memoria viva nos humaniza, al contrario de la negación de la memoria, de la negación de lo vivido. Sabemos que los tiempos de conciencia tienen sus dinámicas y sus fugas como intento permanente, y es ahí precisamente donde la conciencia y la observación profunda, tienen sentido. Si observamos que la memoria nos lleva a pensar que “todo tiempo pasado fue mejor”, generando la falsa idea de estancamiento, de descenso, de caída. O si nos percatamos que tendemos a borrar el pasado. A negar. A olvidar. Situación que no lleva a la repetición eterna de los errores, al “tropezar siempre en la misma piedra”. Por otro lado, si tememos del futuro, si frente a la posibilidad de proyectar, la incertidumbre nos paraliza, si el futuro se nos presenta como un oscuro túnel. Aparece entonces la tentación de la época, los cantos de sirena: “solo el presente es real”, “vive el presente”… ¿y si el presente se nos aparece como una cruel realidad, como un indeseado vivir? Como una negra subsistencia, como un aguante permanente. Si no podemos proyectar, y el pasado nos succiona con su ilusoria majestad, me volvemos rápidamente reaccionarios. Si el presente nos repugna y es lo único que tenemos, nos transformamos en negadores de la vida. Si el futuro es una repetición del presente, o una peor versión de lo existente; nos lleva directo al nihilismo y el sin sentido. Según mire presente, pasado o futuro, será como me ubico frente a la vida. Si mi interés es buscar el sonido de la “nota esperanzadora”… observare que la nota esperanzadora es claramente aquella que abre futuro, la que muestra con delicadeza y sin forzamiento que humanizar es tomar la historia de la mano y ser parte del proceso humano que ha avanzado ininterrumpidamente a lo largo de la historia, construyendo condiciones para el mejoramiento de la vida humana. La nota esperanzadora, es la que da alegría de vivir, que muestra con su melodía que las acciones humanizadoras puestas en marcha por débiles e invisibles que se representen hoy, no se detienen jamás y llevan en si la potencia de la transformación futura. La nota esperanzadora, nos conecta con el pasado, mostrándonos con afecto a quienes nos precedieron y construyeron los peldaños de la liberación humana. Las y los que se revelaron a las condiciones, a las injusticias, a la negación de las diferencias; permitiéndonos que nos sintamos parte de esa correntada. Integro, aprendo de, y agradezco el pasado. Quedo en paz. Vivo en presencia el día a día, el minuto a minuto. Siento fuerza. Proyecto el futuro con la esperanza de que la historia no se detiene, sino que avanza inexorablemente hacia una mayor conciencia y humanidad. Me lleno de alegría de vivir. Dejemos entonces que nuestros corazones y nuestras mentes despierten cotidianamente dejándose permear por el sonido transformador de la nota esperanzadora, esa que nos abre el futuro y nos impulsa a seguir aprendiendo del pasado, viviendo con pasión el presente para poner toda nuestra energía vital en la construcción de un mejor mundo para todos y todas.